En el breve espacio de unas dos horas, se presenta una historia resumida con un tremendo poder visual, auditivo y hasta psicológico. El espectador queda sujeto a las imágenes, el diálogo y una cinta musical que lo sumergen casi totalmente en un mundo creado por el director, los técnicos y los actores.

 

Las películas alcanzan cada año a audiencias de millones de personas en múltiples países. Su presupuesto va desde varios miles de dólares a más de cien millones. La reciente Avatar, de James Cameron, costó $237.000.000 de dólares, y desde diciembre 2009 hasta fines de enero, 2010, había ganado $2.039.472.387.1

 

Se calcula que una persona en los Estados Unidos va al cine un promedio de cinco veces al año.2 Para saber cuántas películas ve una persona promedio habría que sumar los videos alquilados o comprados y las películas que ve en la televisión. En el caso de personas aficionadas al cine, no es nada extraño suponer que éstas ven un mínimo de dos películas por semana, unas cien al año. Esto hace del cine el medio de entretenimiento de mayor alcance, seguido de cerca por los juegos de video y superado únicamente por la televisión.

 

Según Ellen Summerfield, una estudiosa del impacto cultural del cine, éste nos permite “experimentar” otras culturas y aumenta nuestra capacidad para entenderlas, ayuda a desarrollar el pensamiento crítico, evoca emociones, hace que los conceptos sean visibles, desafía nuestros valores y trae a la luz múltiples perspectivas. A la misma vez, el cine puede: propagar información equivocada, proveer experiencias superficiales, embotar nuestra capacidad de análisis, producir una recepción pasiva de un mensaje. También puede desensibilizarnos, trivializar la violencia y reforzar la perspectiva de sus productores.3

 

El cine puede tener un impacto positivo o negativo según su contenido. Tristemente, el contenido que ofrecen las películas más taquilleras a menudo incluye valores bastante cuestionables. ¿Por qué? Porque estos elementos resultan atractivos para el mercado que intentan alcanzar.

 

Una vida sin Dios

 

Pero quizá el impacto más pernicioso del cine es fomentar la idea de que se puede vivir sin referencia a la religión o a la existencia misma de Dios al presentar personajes y tramas que muy rara vez presentan el papel de la espiritualidad en la vida humana. Las películas de Hollywood en efecto contienen su propio “evangelio” que promulga una vida secular, la tolerancia de conductas inmorales, el sexo entre adultos que consienten (ya sea heterosexual u homosexual), la violencia justificada contra los villanos y la religión como agencia de persecución o fuente de fanatismo. Con una perspectiva tal, no es de extrañar que Hollywood rara vez presente figuras religiosas o cristianas como protagonistas.

 

¿Impulsa el cine estos valores o simplemente los refleja? En realidad, no importa. El hecho es que los presenta con bastante frecuencia. Y esto hace necesario que la persona seria se vea obligada a consumir sus productos con cautela. Las imágenes y escenas del cine pueden grabarse con tenacidad en la memoria y producir efectos insospechados. Un caso notable fue el de John Hinckley, quien intentó asesinar al presidente Reagan en 1981, obsesionado con impresionar a la joven actriz Jodie Foster, siguiendo de cerca el guión de la película Taxi Driver.

 

Lo curioso es que varias películas religiosas o que presentan valores positivos han gozado de una extraordinaria recepción, entre éstas La pasión del Cristo, de Mel Gibson ($371 millones en taquillas), y The Blind Side (Un sueño posible), con la popular artista Sandra Bullock ($256 millones).4 A Hollywood le haría bien emplear su capacidad creativa en reflejar en su arte valores positivos. Se me ocurre pensar que la Biblia es terreno fértil para inspirar poderosas narraciones capaces de captar el interés de creyentes y no creyentes.

 

¿Qué podemos hacer los creyentes?

 

El arte refleja la cultura de la sociedad. El cine de hoy presenta el producto de la imaginación de hombres y mujeres de nuestros tiempos, liberados de ataduras morales y religiosas, sujetos a intereses comerciales y agendas sociales y personales. ¿Qué podemos hacer los creyentes? En primer lugar, hemos de aceptar que “nuestro reino no es de este mundo”. Jesús no oró para que seamos sacados del mundo, sino para que seamos librados del mal (ver San Juan 17). Gastar nuestras energías en entablar una guerra contra Hollywood probablemente nos robe la oportunidad de cumplir nuestro cometido principal de predicar la salvación en Jesús.

 

En segundo lugar, no tenemos por qué consumir mensajes que se opongan a nuestros principios o inculquen valores cuestionables en nuestros hijos. Tomemos tiempo para seleccionar películas que concuerdan con nuestra visión de la vida. Tenemos el deber y la bendición de seguir el consejo de Dios registrado por el apóstol Pablo en el año 63: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8). Que éste sea nuestro criterio al escoger lo que vemos en pantalla.