“¡No es justo que yo tenga que hacer más cosas que mi hermana menor!”

“El pedazo de su pastel es más grande que el mío. ¡No es justo!”

“No es justo que tenga que ser simpática con él cuando se ha comportado tan mal conmigo”.

Los niños parecen tener un agudo sentido de la justicia.

A veces lo notamos en nuestros hijos, ¿pero hemos sido afectados como adultos de ese mismo mal? Tengo que admitir que en ocasiones soy tentada a quejarme ante Dios por situaciones de la vida que no me parecen lo suficientemente justas. En el libro de los salmos, también he descubierto que David se quejó ante Dios, cuestionándole las injusticias de la cual fue objeto.

No hace mucho leí un artículo sobre otro bombardeo más en Irak y me impactó comprobar que es muy cierto. ¡La vida no es justa!

¿Es justo que yo viva en un pueblo donde subo a mi carro y voy a comprar sin siquiera pensarlo, mientras para otros cada viaje al supermercado está lleno de peligro?

¿Por qué tuve el privilegio de ser criada en una familia cristiana mientras otros crecen en los suburbios de la ciudad donde los miembros de la familia más cercana pertenecen a las gangas?

¿Por qué yo estoy sana cuando una amiga que tiene hijos pequeños sufre de una enfermedad terminal?

Al pensar en ello me di cuenta que la lista puede seguir y seguir.

La Gran Pregunta

Y, por supuesto, la gran pregunta: ¿Por qué Jesús tuvo que morir para pagar el precio de mi pecado y darme el regalo de la vida eterna? He pecado contra Dios. ¿Cómo puede ser justo que Jesús tenga que ser castigado? (Isaías 53). ¿Cómo puede ser justo que Jesús tuviera que humillarse a sí mismo, llegar a ser uno de nosotros y ser tratado tan duramente por los seres que Él mismo creó? (Filipenses 2). Por difícil que parezca comprenderlo, el mismo plan de salvación –que parece ser tan injusto para Dios–, fue Su solución para salvarnos y demostrarnos Su justicia.

La vida no es justa. Por ahora, tengo que aceptar el hecho de que no entiendo por qué pasan ciertas cosas, por qué cada persona enfrenta un conjunto determinado de circunstancias que debe sobrellevar en esta vida. Lo que sí sé es que Dios comprende las complejidades de lo justo y de lo injusto. Sé que el amor de Dios por mí y por las demás personas es tan profundo, tan inmenso y tan incomprensible que Jesús estuvo dispuesto a experimentar la más grande injusticia para salvarnos. De modo que le confiaré a Dios las preguntas que me molestan acerca de la injusticia que veo.  Porque aunque la vida no sea justa, ¡Dios sí lo es!