¡Puedo Hacerlo!

 

Si me hubieran dado cinco centavos por cada vez que escuché la frase “¡puedo hacerlo!” durante el fin de semana, podría comprarme un nuevo automóvil –o por lo menos, ¡disfrutar de una excelente cena en un restaurante! 

He estado al cuidado de Johnny* durante cuatro días, un niñito de cuatro años y medio de edad cuyos padres salieron de viaje. En la primera hora que estuvo en nuestra casa me dí cuenta de su actitud de “yo lo puedo hacer”. Él utiliza esa frase a destajo cuando debe quitarse una camiseta, cambiarse de ropa interior, recoger los juguetes, levantar su plato de la mesa o desabrocharse los zapatos.

Confieso no ser una experta en la crianza de niños, de manera que no apunto el dedo a la educación que Johnny ha recibido, como tampoco hago suposiciones en cuanto a la naturaleza de su conducta. Sin embargo, durante el fin de semana Johnny me hizo pensar mucho más en una de mis principales creencias en el cuidado de los niños: Si un niño es lo suficientemente grande y capaz de realizar una tarea, entonces sus padres debieran alentar amorososamente a que ese niño o niña la lleve a cabo.

Los Niños son Capaces

Los niños son más capaces de lo que pensamos, ya sea que realicen tareas de higiene personal, se vistan solos, recojan y ordenen sus juguetes, tiendan sus camas o ayuden a llevar a cabo los quehaceres del hogar. Ciertamente, los niños pequeños necesitan bastante tiempo de juego y exploración, y no deben sentirse esclavizados todo el día en la casa. Yo solamente sugiero unos pocos pasos básicos, tareas apropiadas a la edad que requieren una cantidad de tiempo razonable y fomentan la actitud de “puedo hacerlo” en el niño. Una vez que se les permite hacerlo, los niños aprenden acerca de responsabilidades, consecuencias, sentido de trabajo en equipo y logro, aumento de la independencia y la confianza.

El establecimiento de rutinas y responsabilidades requiere de un compromiso por parte de los padres. Es indiscutible que es más rápido realizar usted mismo una tarea que el tiempo que toma en enseñarle a su niño cómo hacerla, con el consiguiente riesgo de equivocaciones. La clave es recordar que las recompensas a largo plazo al permitir que los niños se desarrollen en forma saludable pesan más que los inconvenientes que habría a corto plazo.